En Colombia las cifras de violencia sexual son alarmantes. Solo en Antioquia, entre enero y mayo del 2020, se reportaron 956 casos de delitos sexuales principalmente contra niñas y adolescentes.

¿Ha notado que muchas de las mujeres que le rodean tienen por contar una historia de violencia sexual, por lo general sucedida en su infancia o adolescencia? No, no es casualidad. Es fruto de una cultura de la violación que parece enquistarse en nuestra vida, y aunque es un atentado físico, emocional y psicológico contra las mujeres y las niñas, se reproduce cotidianamente cuando normalizamos prácticas basadas en creencias patriarcales. Por eso no debería parecer normal que tengamos por contar tantas historias.

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“Hablar de violencias sexuales implica múltiples formas, y por eso es que a veces puede ser tan complejo identificarlas, reportarlas, y ahí es donde está lo preocupante”, dice Carolina Peláez, profesional jurídica del Sistema de Alertas Tempranas de Medellín – SATMED.

Según la Ley 1146 de 2006, por medio de la cual se expiden normas para prevenir y atender estos hechos, “La violencia sexual contra niños, niñas y adolescentes comprende todo acto o comportamiento de tipo sexual ejercido sobre ellos, utilizando la fuerza o cualquier forma de coerción física, psicológica o emocional, aprovechando sus condiciones de indefensión, desigualdad y las relaciones de poder existentes entre víctima y agresor”.

Entre las violencias sexuales se encuentra entonces el acceso carnal violento, o acceso carnal violento abusivo cuando la víctima es una persona menor de 14 años; los actos sexuales, donde no necesariamente ocurre una penetración; la explotación sexual y comercial de niños, niñas y adolescentes; la trata de personas, y la inducción a la prostitución.

Carolina Peláez manifiesta que este año en Medellín, en medio de la pandemia, los casos de violencias sexuales contra niños, niñas y adolescentes se han incrementado al interior de sus grupos familiares o del hogar:

“Son los familiares más cercanos, padres, hermanos, tíos, quienes perpetúan este delito. Antes era un asunto que ocurría no solo al interior del hogar, sino en los otros escenarios en que los niños, niñas y adolescentes se desarrollan, como el colegio, los parques, pero al no estar acudiendo a estos sitios, se ha convertido en un asunto que ocurre casi que exclusivamente al interior del hogar. […] Son las niñas, adolescentes y jóvenes mujeres las que están expuestas a un mayor riesgo de ocurrencia de esta problemática, aunque también se presenta, en menor medida, en niños y adolescentes hombres”.

Pero no es un asunto nuevo o desencadenado a raíz de la pandemia. Según el informe “Hablemos en voz alta sobre el acoso y las violencias sexuales en los espacios públicos y privados contra las mujeres y las niñas en la Comuna 1 – Popular de Medellín”, presentado en el año 2019, el 43,5% de las niñas, y 44,1% de las adolescentes encuestadas en esta comuna manifestó sentir inseguridad en sus casas en relación con este tema.

Así las cosas, aunque los hogares deberían ser el primer entorno protector de niños, niñas y adolescentes, representan en muchos casos uno de los principales lugares de riesgo en cuanto a las violencias sexuales.

Por eso el reto frente a esta problemática, ante todo, está en erradicar la cultura de la violación, que como lo indica ONU Mujeres, “se da en entornos sociales que permiten que se normalice y justifique la violencia sexual, y en estos entornos se alimenta de las persistentes desigualdades de género y las actitudes sobre el género y la sexualidad. Poner nombre a la cultura de la violación es el primer paso para desterrarla”.

Examinar la cultura para eliminar las violencias sexuales

En ese sentido, algunas recomendaciones de ONU Mujeres para eliminar la cultura de la violación van encaminadas a comprender, denunciar y generar cambios sobre las causas profundas, que tienen que ver con asuntos como que históricamente a los conceptos de fuerte y masculino se asocien la violencia y la dominación. Todo esto pasa también por reflexionar y redefinir las masculinidades impuestas o hegemónicas.

Así mismo, señala ONU Mujeres, es necesario dejar de culpar a las víctimas de violencias sexuales, y para ello es importante cuestionar la cosificación de las mujeres que se hace desde los medios de comunicación y la cultura popular: “Puedes optar por dejar de lado el lenguaje y las letras que culpan a las víctimas, cosifican a las mujeres y excusan el acoso sexual. Cómo viste una mujer, qué y cuánto ha bebido y dónde se encontraba en un momento determinado no son invitaciones para violarla”.

Justamente el hecho de que durante la pandemia las violencias sexuales se incrementaran al interior de los hogares, y que sean las niñas y adolescentes las principales víctimas, debería ser suficiente para comprender que no se trata de cómo viste o dónde estaba una mujer, sino de una cultura que ve como objetos los cuerpos.

Por eso, ONU Mujeres también hace el llamado a educar a las nuevas generaciones: “Desafía los estereotipos de género e ideales violentos a los que se enfrentan niñas y niños en los medios de comunicación, en la calle y en la escuela. Explica a tus hijas e hijos que su familia es un espacio seguro donde pueden expresarse tal y como son. Respalda sus decisiones y explícales la importancia del consentimiento a una edad temprana”.

Prevenir y poner la mirada en el futuro

Mientras logramos cambios profundos en nuestra cultura, que permitan que niñas y adolescentes estén seguras en sus casas, en sus colegios, en los parques y en todos los espacios que habiten, la tarea más próxima es fortalecer los procesos de prevención que nos ayuden a identificar y a menguar los riesgos.

Como lo explica Carolina Peláez, “particularmente es fortalecer los espacios protectores para los niños, niñas, adolescentes y jóvenes, como las instituciones educativas, la familia, el barrio, los espacios de encuentro que puedan tener con otros chicos y chicas. Además, el tema del autocuidado, enseñarle a los niños y a las niñas qué se puede y qué no se puede hacer sobre su cuerpo. La confianza, la escucha también son elementos fundamentales. Siempre habrá que creerle a un niño o a una niña que te esté manifestando una situación de violencia sexual”.

Así pues, en la prevención juegan un papel importante los procesos de acompañamiento comunitario donde niños, niñas y adolescentes puedan aprender a reconocer esos riesgos. Así nos lo hacen saber Mariangel y Maytté López Angulo, dos hermanas de 8 y 10 años de edad que participan del proceso Niños y niñas con miras hacia el futuro, desde el que desarrollan sus habilidades y aprenden a defender sus derechos.

“Mis derechos deben ser respetados, y los protejo por ejemplo haciendo marchas, convocándolas, anunciándoles a las personas que nosotros estamos luchando por ellos”, expresa Mariangel. «Yo he aprendido a que luche por mis derechos y que uno nunca deja de ser niño, porque uno nunca debe dejar de jugar, de reír. Defiendo mis derechos no dejándome manosear de nadie, siempre estando pendiente de todo lo que me rodea, y de que mi familia esté en la protección mía”, complementa Maytté.

Y es que en Niños y niñas con miras hacia el futuro, proceso que se desarrolla en el barrio Las Granjas de la Comuna 3 – Manrique con el liderazgo de Omayra Pineda, las familias y las infancias de este territorio han encontrado espacios para potenciar habilidades, para el juego, la diversión y sobre todo para el cuidado y la defensa de los derechos de niños, niñas y adolescentes. Actualmente, más de 40 niños y niñas, junto a sus familias, se ven beneficiados con este proceso.

“Lo que más destaco de estos procesos es la participación de los niños y niñas, el espacio que les dan para participar y sacar a flote todas las capacidades que tienen. Y también que reafirmen todo el tema de la protección, del cuidado”,

Afirma Viviana Angulo, madre de Mariangel y Maytté.

“Yo pienso que la mejor estrategia [para prevenir las violencias sexuales] es hablarles a las niñas claramente, mostrarle los peligros que hay afuera, pero que esos peligros no las pueden opacar. Que sean libres, pero sabiendo que hay peligros afuera. Concientizarlas a ellas de eso, y eso radica mucho en la comunicación. Nosotros los papás debemos guiarlas, poderles mostrar a ellas que no todo el que se acerca viene con buenas intenciones, que hay actitudes que ellas pueden identificar para saber si están corriendo peligro, y saber qué pueden hacer en ese momento”, puntualiza Viviana.

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Aunque ninguna niña, niño o adolescente debería sufrir una violencia sexual o cualquier situación que atente contra su dignidad, existen rutas de atención que debemos conocer para actuar con prontitud cuando no haya sido posible activar la prevención.

Como nos explica Carolina, las violencias sexuales son una urgencia médica y como tal deben ser atendidas. “Por eso siempre se recomienda que la atención inicie por el sector salud. El municipio cuenta con algo denominado el Código Fucsia, que es la manera para evitar la revictimización, para que la persona no tenga que llegar a decir “fui violentada”. Con el Código Fucsia el sistema de salud activa un protocolo de atención especial para las violencias sexuales”.

Así pues, desde el sector de salud se activará toda la ruta, la cual contempla el sector de justicia, encargado de la investigación penal de las violencias sexuales, y el sector de protección, que contempla todas las medidas que se deban tomar para evitar que el evento siga sucediendo.

El llamado es entonces a generar entornos de confianza y protección para que nunca más un niño, niña o adolescente sienta inseguridad en su hogar, ni miedo de hablar cuando algo esté afectando su tranquilidad, su dignidad o su vida.

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