Por: Daniela Monsalve Posada – Trabajadora social y promotora de lectura con enfoque de género en población juvenil e infantil.

Entre bombones, flores, serenatas, desayunos y globos en forma de corazón, entre el “feliz día mujeres, eres vida y luz”, estamos las que vivimos al margen del sistema que todavía cree que el 8 de marzo es una fecha para celebrar.  Entre ofertas de los almacenes de ropa, spas y maquillaje, estamos las feministas haciendo trapos para la marcha y conspirando la juntanza callejera con otras. Así vivimos, entre tarjetas y mensajes en los grupos de WhatsApp nosotras abrimos paso al debate de por qué no se celebra este día, y hablamos de todo lo que estamos exigiendo, de las historias de las mujeres que nos antecedieron en la lucha por una vida digna, justa y sin explotación. En marzo nosotras respiramos lucha, pero el 8 de marzo la vivimos.

El 8 de marzo es un día con energía distinta, desde que nos levantamos sabemos que las calles no esperan para teñirlas de morado y violeta, y que entre tambores, abrazos y digna rabia las mujeres y las niñas nos convocamos para gritar y decir que la revolución será feminista o no será.

Cada 8 de marzo el corazón se llena de magia violeta, deseos de poner la voz y el cuerpo para exigir una vida libre de violencias; es el 8 de marzo el día donde vibran las gargantas y las voces se unen en unísono para gritar “abajo el patriarcado, se va a caer, se va a caer”, porque sí, se va a caer, con nuestras manos y la fuerza que tejemos cuando estamos juntas pasito a pasito lo vamos a tumbar, y sobre él levantaremos una sociedad más justa, segura y digna para nosotras, para las nuestras.

Llegando al centro para caminar en manada

Eran aproximadamente la 1:30 de la tarde, y bajo el sol ya estaban mujeres con sus camisas moradas, con banderas verdes, y con la alegría de encontrarse con otras para habitar el centro de la ciudad, desde el amor cómplice que tejen las mujeres y las niñas, desde el grito y la rabia con la que se exigen las garantías de una vida libre y sin violencias, y sobre todo con el deseo latente de poner en el espacio público la lucha más justa de todas, la lucha feminista.

Poco a poco el parque San Antonio se fue llenando y el panorama de esa tarde era así, mujeres sentadas en círculos haciendo mándalas, mujeres leyendo en voz alta, mujeres y niñas compartiendo el almuerzo, maquillándose, tarareando consignas, mujeres que iban de grupo en grupo saludando a sus amigas, las batukeras preparando sus tambores para hacerlos estallar en el camino, otras mujeres terminaban sus carteles y algunas tantas llevaban sus banderas hasta lo más alto.

Mujeres, muchas mujeres encontrándose en un mismo lugar desde la hermandad de saberse juntas en la lucha, desde la rabia y deseo de romper todo, desde la palabra que apaña y el abrazo que sostiene a las otras. Mujeres de todas las edades, tan distintas entre sí y vibrando con cada fibra de su cuerpa por el feminismo. Reconociéndose en las miradas de las otras y abriendo camino para crear espacios de poder popular, lucha social y trabajo colectivo para ellas, para nosotras, para todas.

Y llegaban, llegaban mujeres, llegaban todas; las trabajadoras, las sindicalistas, las anti especistas, las trans, las lesbianas feministas, las afrodescendientes, las aborteras, las punkeras, las patinadoras, las estudiantas, las profesoras. ¡Todas! Ese día todas queríamos marchar, queríamos salir a las calles porque pese al dolor latente de nuestras hermanas muertas, pese al dolor de los índices alarmantes de violencia sexual, pese a los feminicidios, queríamos encontrarnos con alegre rebeldía porque esa es la única que nos deja resistir a este sistema nefasto llamado patriarcado.

Entre tantas camisas recuerdo con una sonrisa grande a un grupo de mujeres con una camisa violeta y la frase estampada, “primavera nuestra, otoño de patriarcas” ¡Sí! Nosotras florecemos en la lucha, somos todo un jardín de rudas, explosivas, mágicas, sanadoras, fuertes y radiantes flores. Somos abono que fertiliza esta tierra hostil, somos raíces que sostienen otras flores y dan vida a más y más flores en la tierra. Somos jardines urbanos y rurales.

Y mientras nosotras florecemos, mientras nosotras apostamos a la nueva vida para poner cuerpo, alma y corazón en la lucha feminista sabemos que poco a poco hacemos temblar el sistema, sabemos que el miedo está cambiando de lugar, y ya no somos caperucitas indefensas, por el contrario somos lobas en manada oliendo el miedo, el temor de los patriarcas y sentadas vemos cómo caen, caen sus doctrinas, sus violencias y su sistema bélico de opresión.  Al igual que las hojas secas en el otoño van a caer, pero saben cuál es la diferencia que no habrá otra posibilidad para que florezcan, porque cuando caigan no volverán. ¡Lo aseguramos!

La consigna de somos muchas y estamos en todas partes, es verdadera, no es un eslogan de redes sociales; es que sí somos muchísimas, tantísimas que somos capaces de teñir de morado y verde toda la avenida oriental, somos tantas que paramos la ciudad, no solo el tráfico, paramos la vida cotidiana porque sabemos que sin nosotras esta sociedad no va más, somos muchas y capaces de todo.  ¡SOMOS MUCHAS, MUCHAAAS! Y cada vez seremos más, porque nosotras, las feministas, las mujeres que priorizamos mujeres en nuestras vidas, estamos abrazando incansablemente a la señora del barrio que no sabía nada de feminismo, estamos acompañando con amor a la mujer apática con la lucha, estamos abrazando a la niñas de nuestra familia, estamos creyendo en la mujer que denunció a su violador, estamos tocando con calma y mucho amor a todas las mujeres que encontramos en nuestro camino, en la esquina, en la calle y en el barrio. Seremos más.

Seremos más en la casa cuestionando los mandatos de género, desmantelando las violaciones que se convierten en secreto familiar; seremos más acompañando las rupturas de las mujeres con el violentador y apañando en el dolor de la denuncia a las hermanas; seremos más en el ámbito académico, denunciando a los profesores acosadores y al cómplice del silencio patriarcal, señalando la invisibilización de las profesoras y las estudiantas en los debates sobre género y feminismos, porque para la academia prima el discurso y las reflexiones de los varones; seremos más en las calles sosteniendo la mirada a los que acosan, contestando con besos al lesboodio depredador.  Seremos más. Cada día una hermana se une a la lucha, se une a esa marea verde, a la marea violeta, para cambiar el mundo, y nosotras con brazos abiertos estaremos ahí.

Caminar de la mano con otras mujeres

Entre murmullos y conversaciones aparece el resonar de los tambores que paran el parque, nos paralizan con su ruido, y luego con gritos y aplausos nos unimos nosotras. Ya empezaba nuestra tarde, era nuestra y no cambiaría porque solo hasta llegar al Parque de los Deseos esta ciudad volvería a retomar su rumbo cotidiano; mientras tanto toda la tarde las calles eran para vivir la lucha feminista. ¡Nuestra lucha! Hermanas y en manada. Ahí estábamos, con el sol sobre nuestras cabezas y la calle para nosotras solas.

Y empezó, vibra en el ambiente la lucha feminista, las ganas incontrolables de hacer temblar el centro de la ciudad, los aerosoles comienzan a rayar las paredes que tanto cuidan, los gritos aturden los oídos de quienes están acostumbrados a decir “calladitas están más bonitas”, las tetas se toman las calles, sí, las tetas que incomodan tanto cuando no son para consumo sexual, estaban las tetas danzando desnudas en mitad de la calle, al frente de la iglesia.  Las capuchas de gatas, lobas y perras saltan, corren, revolotean sobre nosotras.

Y a todo pulmón todas cantamos, “y la culpa no era mía, ni donde estaba ni cómo vestía, el violador eres tú”, y en ese momento cuando nuestros dedos están apuntando a sus instituciones patriarcales todo se mueve, se miran sintiéndose aludidos y solo les queda desafiar con la mirada, desde el señor del bus al cual le interrumpimos sus rutas hasta el policía que custodia la fachada de la estación. Incomodamos tanto, ese es el primer paso, incomodar el orden establecido, desestabilizar la norma patriarcal del silencio, la sumisión y la obediencia.

Y salimos con banderas moradas y verdes en lo alto, con pañoletas amarradas en las muñecas, tomadas de la mano de nuestra madre, las amigas o nuestra compañera.

Mientras las lesbianas de la batukada Estallido Feminista hacían retumbar sus tarros, mujeres y niñas entre miradas genuinas de complicidad y sonrisas bailaban y cantaban con fuerza “no queremos más Federicos”. Entre gritos rebeldes y abrazos sororos las mujeres andaban, corrían y bailaban en las calles. Entre maracas y tamboras y al son de los bullerengues las mujeres paraban los carros para bailar y decir que estaban vivas y que eran libres. Entre canciones, saltos y amor las mujeres y niñas vivían la alegría de estar en manada de lobas protegiéndose unas a otras la vida. Entre gorros de brujas, escobas y calderos las brujas feministas conjuraban la magia del encuentro y la vida.

Las calles de la ciudad estaban a disposición de nuestros pies, de nuestros ritmos, tiempos y voces, de los gritos con los cuales queríamos aturdir a los y las que estaban ahí mirando con ojos de extrañeza porque hacíamos ese caos, pero la respuesta era obvia, esa marcha era nuestra revolución, nuestra manera de  exponer el amor romántico como el mecanismo de control más grande que hay sobre nuestros cuerpos, de exponer a los feminicidas, al estado cómplice y legitimador de la guerra contra las mujeres, de hablar sobre las nefastas políticas para garantizar a las mujeres una vida libre de violencias. Poníamos también en el ojo público las múltiples violencias, el acoso callejero y la violación como herramienta de poder de los varones para minimizar nuestros cuerpos y acabar en vida con nosotras.

Esa marcha tenía nombre, ¡paro feminista! Las mujeres siendo más de la mitad de la población mundial no solo parábamos Medellín, a la par estaba parada toda Colombia, España, Argentina, México, Chile y más países. Sin nosotras no sigue el mundo, y sin nosotras no se hace política; con nosotras este mundo sigue, porque somos nosotras las que lo sostenemos y el 8 de marzo es la muestra de eso, del poder que tenemos las mujeres para revolcar el sistema y la sociedad.

Entre tantos cantos, consignas y gritos, había una canción que ponía en el ambiente una tristeza que ardía en el pecho, “Vivir sin miedo”, canción original de la artista y feminista mexicana Vivir Quintana, la cual le dio la vuelta al mundo y despertó un ambiente de lucha en las juventudes feministas. Esta canción paralizaba los gritos, y con dolor y digna rabia nos abrazábamos para cantar con la voz entrecortada que exigíamos justicia, que con la muerte de una mujer nos moríamos nosotras un poquito también, que los dolores de las otras horadaban nuestra vida, pero que a pesar de esa realidad devastadora en la cual teníamos que hacer vida, nosotras estábamos dispuestas a buscar justicia feminista, a buscar a nuestras desaparecidas hasta debajo de las piedras. 

Las niñas, las rudas que florecen

Si hay algo mágico en la marcha es ver la cantidad de niñas y adolescentes que asistieron. Tomadas de la mano de la mamá, la abuela o la hermana; las niñas hicieron presencia de su revolución, de su lugar. Es que las niñas están para cambiar la cosas, nosotras les abrimos caminos y les ponemos posibilidades de cambio para que vivan un poco más seguras y libres, pero sabemos que son ellas las que cambiarán las cosas radicalmente, en sus ojos y en esos cuerpos está la alegría y la esperanza revolucionaria de un mejor mundo.  Las niñas con sus gorros de brujas, sus carteles, la pañoleta morada sosteniendo su cabello, los labios pintados de morado y sus camisas violetas eran la armonía en ese desfile de mujeres.

Las niñas se sentían seguras, no estaban pensando en que su vida corría peligro, ahí ellas sabían que todas teníamos los ojos en ellas para cuidarlas y celebrar esa semilla contestaria y rebelde que se sembraba en su vida.  Pasaba continuamente y era que cuando veíamos una niña, las más adultas nos mirábamos, nos brillaban los ojos, lanzábamos una sonrisa sutil y el alma se enternecía, se hinchaba de emoción el corazón, porque es con ellas que el feminismo avanza.  Es magnifico ver cómo las infancias son feministas, sabemos que si acompañamos a las niñas les ahorraremos varios dolores y frustraciones.

Ver a las niñas en la marcha daba una sensación de felicidad que inundaba la vida misma, por eso es necesario pensar los feminismos no para ellas sino con ellas, poner sus experiencias, voces y sentires en la orática y teorización del pensamiento feminismo, reconocerlas en su totalidad como sujetas de derechos y con un pensamiento reflexivo grande para emprender un nuevo mundo.

***

Cuando llegaba la noche ya estábamos en el Parque de los Deseos, un poco cansadas, pero con la misma energía de poner en lo alto del cielo nuestras voces rebeldes y sororas.  Y la pregunta de muchos y muchas después de una marcha de tal magnitud es: ¿y qué pasa el después del 8 de marzo?

Fácil, volvemos a nuestras guaridas de lucha feminista, desde la pedagogía, el arte y el activismo seguimos cuestionando esta ciudad, con las nuestras vamos haciendo camino de lucha colectiva y tejiendo reflexiones para nuestras vidas. Pero no crean que estamos desconectadas de la otras, de las miles junto a las cuales marchamos el 8 de marzo ¡No! Nosotras somos fuego creador y como chispitas aisladas vamos encendiendo las hogueras colectivas donde nos reunimos para aullarle a la luna, somos viento que viaja de un lugar a otro sutilmente y otras tantas derrumbando todo, somos agua que corre a través de las piedras y la hierba, somos tierra fertilizada de lucha, justicia y ética feminista.

Así que después del 8 de marzo, cuando nos recargamos de energía feminista y digna rabia, volvemos a nuestros parches, a la casa, al barrio, al trabajo, a la universidad convencidas de que no estamos solas, de que hay miles más como nosotras haciendo fisuras al sistema  patriarcal, golpeando las estructuras de opresión para abrazar más de cerca el sueños de un mundo en el cual las mujeres no sean territorio de violencia y explotación, donde nuestros cuerpos no sean botín de guerra y donde podamos alzar la voz sin miedo a la muerte.

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